lunes, 9 de octubre de 2017

TODOS LOS NACIONALISMOS NO SON IGUALES.

@RaulSolisEU | Si algo le tenemos que agradecer a los nacionalismos periféricos, especialmente al catalán, es que nos haya permitido ver que quienes durante años se han venido llamando a sí mismos como “no nacionalistas” o “constitucionalistas”, en realidad son nacionalistas (españoles). Para esta tribu, que milita en partidos como PP, PSOE, Ciudadanos y en pequeños reductos de izquierdistas y sindicalistas con sabor a nostalgia, el nacionalismo es como el colesterol. Los hay de dos tipos, el bueno y el malo. El bueno, por supuesto, es el nacionalismo español; el que saca la rojigualda a los balcones, canta el cara al sol en las manifestaciones por la unidad de España y levanta el brazo como lo hacían los fascistas europeos en la primera mitad del siglo XX. Los malos, todos los demás.
Dicen estos nacionalistas españoles, con ínfulas de intelectuales, apego a la equidistancia subvencionada y altas dosis de poesía barata en la que esconden toda la porquería que encierra su ideología, que “todos los nacionalismos son iguales”. Este axioma equivale a decir que “ni machismo ni feminismo”, “ni izquierda ni derecha”, “ni ecologismo ni desarrollismo”, “ni pacifismo ni guerras”. Es decir, es un eslogan fantástico para legitimar al nacionalismo dominante que ellos defienden, el español, del mismo modo que los machistas usan el “ni machista ni feminista” para negar que existe una situación de desigualdad en el hecho de ser mujer. Negarle la condición de nacionalismo al españolismo es la estrategia que usan para invisibilizar la maldad congénita del mismo. De ahí que les molesten tanto las manifestaciones de color blanco, sin banderas, que este pasado fin de semana han salido a la calle a pedir diálogo en toda la geografía española.
Si todos los nacionalismos fueran lo mismo, tal y como afirman nacionalistas españoles de la talla Mario Vargas Llosa, la India que liberó Gandhi de las garras coloniales de Reino Unido no existiría; los pueblos latinoamericanos seguirían siendo humillados, exterminados y saqueados por la Corona Española; Palestina sería un lugar de cenizas sin resistencia a la ocupación que sufren por Israel y los países aliados del país que mejor representa el fascismo pop; las antiguas repúblicas excomunistas no formarían hoy parte de la Unión Europea porque nunca se hubiera independizado de la Unión Soviética; los griegos seguirían estando ocupados por los turcos; los belgas habrían claudicado ante la invasión de los nazis en los albores de la Segunda Guerra Mundial; catalanes, gallegos y vascos seguirían teniendo prohibido hablar en sus respectivas lenguas en la administración pública y en la calle…
El nacionalismo español no es nacionalismo. Digámoslo claro, es fascismo. Como lo es el nacionalismo israelí, el alemán o el francés del Frente Nacional. Equiparar el nacionalismo español que cuenta con 114.000 criaturas tiradas en las cunetas, que nació extranjerizando a musulmanes, judíos y gitanos españoles, con el panarabismo de los años setenta, que lideró el expresidente egipcio Nasser que intentó hacer una revolución socialista en los países árabes que el mundo occidental-capitalista no pudo soportar y destruyó alimentando a los que hoy imponen burkas y extienden bombas por el mundo, es querer edulcorar los males y la maldad que encierra el nacionalismo de los que cantan “yo soy español, español, español…”.
Equiparar el nacionalismo francés que defiende Marine Le Pen, en el que no caben minorías raciales y religiosas ni la libertad de expresión y de pensamiento, con el nacionalismo francés de la Revolución Francesa, con el nacionalismo emancipatorio de las excolonias francesas o el nacionalismo liberador de los países latinoamericanos, en el que se aboga por las diversidad racial y la unión de todos los pueblos latinos, es querer amabilizar el fascismo.
Querer comparar el nacionalismo español con el catalán, es negar que hubo mujeres que fueron rapadas en España por no jurar la bandera española durante la dictadura; es negar el carácter fascista de los gritos de “a por ellos” contra los catalanes de los policías y guardias civiles que fueron despedidos como héroes de sus cuarteles; es negar que no hay una sola manifestación “constitucionalista” en la que no haya banderas con el aguilucho franquista; es negar que el rey Felipe VI es el heredero de un rey que fue designado por Franco en 1969 y legitimado por una ley aprobada en 1947, sólo ocho años después del final de la Guerra Civil.
Decir que todos los nacionalismos son iguales es equiparar a Blas Infante, Padre de la Patria Andaluza, con los asesinos que acabaron con su vida en nombre de España. Decir que el nacionalismo español es igual al catalán es legitimar las leyes que encarcelaron a los homosexuales en nombre de España; es legitimar el levantamiento de vallas donde mueren personas en Ceuta y Melilla en nombre de la defensa de España; es legitimar la expulsión en caliente de personas que no han nacido españolas; es legitimar que vivimos en un país en el que nos tratan de convencer que ser buen español es votar a partidos que han situado el salario de la gente sencilla por debajo de los 1.000 euros y que tienen a un 30% de la población española durmiendo en el umbral de la pobreza. Los que ondean la bandera nacionalista española son los mismos que tributan en Panamá o en Suiza, que rescataron a los bancos por valor de 50.000 millones de euros para salvar España y que mandan a la policía a dar palizas a abuelas indefensas por el bien de España.
El nacionalismo español es fascismo: uniforma, tiene en su haber millones de muertos que no quisieron jurar la bandera rojigualda, reprime a quienes has empobrecido y extranjeriza la diversidad. Sólo hay que ver en qué derivan las concentraciones por la unidad de España en cuanto se salen del guión establecido y cuántas veces se han usado las banderas españolas para defender derechos, parar desahucios, cierres de colegios y hospitales o en una huelga general.
El nacionalismo español podría haber sido el que reivindicara la Constitución de Cádiz de 1812 pero por desgracia, los antepasados ideológicos de los que hoy ondean la rojigualda con tanto garbo, prefirieron aclamar la vuelta de Fernando VII y arrastrar las cadenas por los siglos de los siglos en lugar de abrir los cerrojos y construir un país basado en la libertad, la igualdad y la fraternidad. Todos los nacionalismos no son iguales. Unos son demócratas y otros huelen a dictadura, genocidio, aniquilación de la diversidad y oscuridad. Decir que todos los nacionalismos son iguales es legitimar el fascismo y las víctimas del fascismo no se merecen una aberración de semejante calibre.
Paralelo 36. Andalucia.

domingo, 13 de agosto de 2017

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